miércoles, 20 de marzo de 2013

LA VIDA NO TIENE PRECIO

Hay un sitio en internet
que ponen precio
a la vida de una persona.
Quien entre allí y responda
a un exhaustivo cuestionario
podrá saber cuál es su precio
en dólares.

                                                              


          En ese sitio de internet, le preguntarán el peso, medidas corporales, si es bizco, si pierde el pelo, cuántas caries tiene, si usa jeans, cuántos idiomas habla, que número de calzado usa, cuántas horas está al frente del televisor o computador,y otras tantas preguntas más.
          Según los administradores del sitio, ya hay más de 5 millones de personas cotizadas. Podría resultar sólo gracioso y hasta curioso, pero también se puede entender como un síntoma escalofriante del tipo de vínculos humanos que tiende a prevalecer en nuestro mundo y en nuestro tiempo.
          Como cualquier objeto, los seres humanos son tasables; en el caso de que alguien quiera comprarlos, cuestan tanto. Es inquietante que alguien ponga precio a las personas, y lo es más que haya gente que acepte y que esté dispuesta a ello. Cuando el tipo de relación humana que se va imponiendo día a día es aquel en el cual el otro es un objeto, apenas un medio para un fin, lo que sigue es ponerle un precio, pagarlo y apoderarse de él.
          Lo que este sitio de internet " cotiza humanos", propone sin pudor, es algo que, de todos modos, ocurre a diario entre las personas y en distintos planos. En el laboral, hay quienes creen que cuando pagan un sueldo compran una vida y, por lo tanto, disponen de ella. Y hay quienes aceptan ser tratados así.
          En lo afectivo, hay quienes creen que por lo que dan, tienen derecho a disponer del tiempo, del afecto, de las expectativas y de la atención del otro en todo momento y en cualquier condición. Y hay quienes aceptan permanecer en una relación en esas circunstancias, despreciándose humanamente a cada minuto.
          En el plano de la amistad, hay quienes creen que "hacer un favor" es pagar un precio que les da derecho a disponer de la confianza, la credulidad o la buena voluntad del otro. Y hay quienes aceptan que su disponibilidad para el vínculo se tase de esa manera. En el nivel ciudadano, hay quienes creen que pagar impuestos es comprar servidumbre y se lanzan a ensuciar, destruir o depredar los bienes comunes y públicos o a incumplir las leyes y normas, convencidos de que pagan por ello.
          No hace mucho tiempo, oí decir a alguien: -Pago mis impuestos, que el barrendero venga y lo limpie- pero no es justo, tirar la basura en el medio de la calle, tan sólo para el que está trabajando sea un empleado nuestro.
          Cuando se rompe la delicada, compleja y rica trama de los vínculos humanos, cuando la empatía, la solidaridad, la colaboración, la compasión, la aceptación y la comprensión se evaporan por la rotura de esa trama, ya no nos unen la responsabilidad y la conciencia, sino simplemente los precios que nos ponemos unos a otros.
           Nuestros vínculos ya no tienen afecto, sino tarifas. Ya no somos semejantes, sino tasadores y tasados. Estas no son novedades en la historia humana. La esclavitud, la prostitución ( sobre todo el usuario), la corrupción son formas clásicas, entre otras, de este comercio que reduce nuestra condición de humanidad a su mínima y paupérrima expresión. Pero este fenómeno alcanza hoy índices más que preocupantes, convierte a la vida misma en un hecho superficial.
          Cualquier precio que se le ponga a una vida humana es bajo, porque no tiene precio. Darle un sentido a este bien invalorable, conectarlo con fines que mejoren el mundo en el que vivimos y que enriquezcan nuestra existencia y la de otros, recordar que nuestra vida se nutre del contacto con otras vidas, es necesario para empezar a salir de este mercado promiscuo en el cual, cuando le ponemos precio a la vida de otro, aceptamos que la nuestra también lo tiene y, en fin, nos deshumanizamos. La vida no tiene precio. Tiene valor. Y eso es otra cosa. Hablemos, pues, de valores.

                                                              

Fuente: Del libro de Sergio Sinay, " El elogio de la responsabilidad"/ para revista Nueva.
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